Otro viernes más que estamos con todos vosotros. No sabemos durante cuantos más esto va a ser posible por el incremento de la carestía de la vida pero seguiremos intentando ser fieles a la cita.

En esta ocasión vamos a ir de nuevo al corazón de la ciudad, al barrio del Realejo a conocer un bar de ambiente familiar alejado del boato y los excesos de otros sitios pero situado en un marco de incomparable encanto.

Acudimos para ello a la Plaza de Santo Domingo, situada entre la Plaza de Fortuny y la Plaza de los Campos y al pie de la iglesia que le da nombre. Cerca, muy cerca de otros sitios como La Borraja, Jaraiz o Candela o de un entorno como el Campo del Principe.

El bar, como decimos de ambiente familiar, está situado en la esquina que forma la plaza con la calle de la Carnicería.
Con un interior pequeño, que no destaca especialmente en nada si hablamos de aspectos decorativos, en nuestro caso lo que nos llamó la atención fue la terraza y allí nos hicimos con una mesa.

No tardaron en atendernos mientras Luna ya se había acoplado en su pequeño rincón.
Pedimos dos cervezas, que por el tamaño de las mesas colindantes, tenían un tamaño más que interesante.

Las tapas eran a elegir, algo con lo que no contábamos. Para esta primera ronda nos decidimos por crujientes de pisto cubiertos de york con pimentón y acompañado todo de las eternas aceitunas.
Puede que no tenga la presentación de otros sitios, pero tengo que decir que el sabor era delicioso, con un toque casero fácilmente reconocible.

El sitio, al ser una plaza amplia, es ideal para estar con los niños y que estos jueguen alejados del tráfico.
Mientras, entre las correrías de los niños nosotros pedimos una segunda ronda, y es que el calor de agosto ha sido intenso y pedía la ingestión de líquido.

Esta vez y al haber visto vinos para copear a un precio interesante pedimos dos copas de Ramón Bilbao.
Esta ocasión pensamos en acompañar la bebida, y sí, se que no pega, con medio sandwich vegetal.
Esta vez si duró más la ronda y es que el vino hace que todo pueda ser más pausado.

Mientras la noche iba cayendo y nosotros nos dispusimos a pedir la cuenta.
Ocho euros, dos por consumición y estando en terraza, sin que nadie meta prisa, lo considero un buen precio y el entorno lo hace un lugar propicio para repetir.

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